Cuando le pagan por QR, por Bre-B o por transferencia, el celular lo dice en voz alta. Usted sigue armando el pedido y sabe que la plata entró, quién la mandó y a qué hora.
Su navegador no reproduce voz. En el celular, la app usa la voz del sistema.
En un negocio de comidas el celular queda debajo del mostrador, con las manos ocupadas y la freidora sonando. El cliente dice que ya pagó y toca creerle o parar todo para revisar.
Entre el ruido y el afán, la notificación se pierde entre veinte más del día.
Limpiarse las manos, desbloquear, abrir la app del banco y volver. Cada vez.
Un comprobante editado se ve igual de real que uno verdadero cuando hay fila.
El aviso de un pago llega por donde el banco quiera. La app los vigila todos y anuncia una sola vez, aunque el mismo pago entre por dos lados.
El más rápido. Llega cuando el cliente paga leyendo el código QR. La app lo detecta apenas entra, sin depender de internet.
La notificación directa. Cuando el banco avisa en la pantalla, la app lo lee, saca el monto y el nombre de quien pagó.
El que nunca falla. Algunos pagos solo llegan por correo. La app revisa el buzón sola y anuncia igual.
Los pedidos. Si guarda los contactos como T1A407, la app dice “torre 1, apartamento 407” y lee lo que pidieron.
“Recibiste 50.000 pesos de Yessid Cáceres, a las 2 y 30 de la tarde”. Con campana antes, para que se distinga entre el ruido.
Un aviso de pago que llega de un celular y no del banco no se confirma: la app pide verificar, sin acusar a nadie delante del cliente.
¿No lo escuchó bien? Un botón repite el último, o los últimos diez, uno por uno.
Cuántos pagos entraron y cuánto suman, sin abrir la app del banco.
De noche no habla. Al día siguiente le cuenta cuántos pagos entraron mientras tanto.
Si algo se desconfigura, lo arreglamos desde nuestro panel o con un mensaje de texto. Sin que usted tenga que entender nada.
Descárguela usted mismo o la instalamos con usted. Al abrirla quedan quince días activados. Si no le sirve, no pasa nada.
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